El mundo cambia: un iceberg colosal que se desprendió de la Antártida flota a la deriva

Un monumental pedazo de hielo con una superficie equivalente a la de un pequeño país o 25 veces la de la ciudad de Buenos Aires acaba de desprenderse de la península antártica y ahora flota libremente en el mar de Weddell.

Los científicos del proyecto Midas, que venían monitoreando la grieta que lo separaba velozmente de la plataforma helada, lo dieron a conocer ayer, pero se estima que la separación completa ocurrió en algún momento desde el último lunes.







Afortunadamente, esta “catástrofe anunciada” no tuvo nada de catastrófica. Según glaciólogos y geólogos, pueden pasar años antes de que el témpano abandone las aguas antárticas, y se irá fragmentando.

Los trozos resultantes, más pequeños, no deberían representar un peligro para la navegación. El témpano tampoco influirá en el nivel del mar porque la barrera es una masa de hielo que flota como los cubitos de hielo que se le agregan a la bebida.

“Por el principio de Arquímedes, el hielo desplaza una masa de agua equivalente a su volumen”, ilustra desde la Universidad Nacional de Tierra del Fuego el geólogo Jorge Rabassa, investigador superior del Conicet.

El cambio climático también contribuyó con la ruptura de la barrera de hielo

La última imagen que se tomó en febrero de la grieta en la barrera Larsen C, de donde se desprendió el iceberg
La última imagen que se tomó en febrero de la grieta en la barrera Larsen C, de donde se desprendió el iceberg. Foto: AP

Algo similar ocurrió más al Norte, en las barreras Larsen B y Larsen A. “De una u otra forma, viene repitiéndose desde hace más de 20 años -dice Sala-. La novedad es que se va propagando cada vez más al Sur.”

Curiosamente, fue un argentino el que dio la voz de alarma, el ingeniero Pedro Skvarca, también del Instituto Antártico Argentino.

Durante décadas, Skvarca advirtió que las barreras antárticas se estaban fracturando y colapsando. Entre 1975 y 2007 corrieron esa suerte 19.000 km2 de hielo.

En el verano de 1994-1995 se fracturaron 1600 km2 de Larsen A. Y entre 2001 y 2002 se desintegró en cuestión de días Larsen B, de 3200 km2. “Fue el ingeniero Skvarca quien publicó estos fenómenos y hace 15 años llamó la atención de todo el mundo”, cuenta Rabassa.

Por su estructura, las barreras son diferentes de los glaciares y del hielo marino. El glaciar es un “río de hielo” apoyado sobre la roca. El hielo marino se produce cuando se congela la superficie del mar y forma bloques de entre tres y cuatro metros de grosor.

“Una barrera es como un glaciar que se inicia en la tierra y sigue flotando en la superficie del mar -detalla Sala-. A veces, para que se forme una barrera hace falta un conjunto de glaciares, llamados tributarios. Y, a diferencia del hielo marino, las barreras son monumentales, llegan a tener alrededor de 400 o 500 metros de altura.”

La formación de grietas en esas moles de hielo no es inusual. “En el año 80 u 81, mientras trabajaba en la Antártida, sobrevolamos con un avión de la Base Marambio un témpano de 90 km de largo -cuenta Rabassa-. El mar de Wedell está lleno de icebergs. Se producen porque los glaciares van avanzando y penetrando en el mar. Al principio, están asentados sobre el fondo marino, pero en el extremo exterior la barrera tiene una lengua flotante que es muy vulnerable a los cambios de temperatura y el oleaje. A medida que su extremo flotante es mayor en términos porcentuales en relación con el resto, crece también la posibilidad de que se quiebren.”

Aunque aclara que no es un especialista en el tema, para Ricardo Villalba, investigador del Conicet en el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales, “las razones de este desprendimiento hay que buscarlas sobre todo en el aumento de temperatura del mar. En lo que va de este siglo, aproximadamente el 70% del calor asociado con los gases de efecto invernadero fue a parar a los océanos, en particular, al Pacífico tropical -sugiere-. Estamos en presencia de un océano más caliente hasta los 700 metros de profundidad, y una de las manifestaciones en que se refleja ese cambio es el aumento de icebergs”.




Según los investigadores, lo singular en este caso fue que el corte se alejara tanto del frente que da al mar. Al principio, el coloso liberado, que probablemente se llamará A68, derivará muy lentamente; en especial, durante el invierno austral, un período en el que el mar puede congelarse. Luego, puede ir desplazándose hacia el Norte, quebrándose y fragmentándose a su paso.

“Estas masas de hielo se van rompiendo y disgregando aproximadamente a la altura de las islas Georgias -explica Sala-. Hasta ahí sí pueden mantener un tamaño importante, de cientos de metros. Al principio, tienen un aspecto tabular, pero a medida que se van fraccionando esa forma se va perdiendo.”

 Aunque según Adrian Luckman, profesor de glaciología de la Universidad Swansea y director del proyecto Midas, la barrera Larsen C podría seguir liberando témpanos o incluso recuperarse, el destino que sufrieron sus antecesoras y otras investigaciones de su grupo sugieren que la parte restante es más vulnerable ahora que antes del desprendimiento.

La criosfera del planeta [los hielos que lo cubren] está complicada -comenta Villalba-. Se advierte en los glaciares, que, si bien no van a desaparecer totalmente, están retrocediendo.”

Los científicos temen que este tipo de eventos sean como el canario de la mina y anuncien la primera etapa de la desaparición de la barrera antártica. Lo único seguro es que en las próximas décadas el destino de Larsen C es incierto.

Después de la pérdida del gigantesco iceberg, su tamaño se redujo en un 12%.

Y una vez que la barrera se destruye, los glaciares que tributan en ella empiezan a moverse con mayor velocidad, como si se retirara un dique de un lago.







Según afirmaba Skvarca ya en 2007, luego de desaparecer las barreras de hielo Larsen A y B, sus glaciares tributarios aumentaron hasta ocho veces su velocidad, adelgazaron significativamente y retrocedieron detrás de su línea de apoyo. “Es algo que ya está ocurriendo -concluye Sala-. Hay que ver qué tan estable es el resto de la barrera, si se mantiene en los próximos años. En principio, esto parece poco probable.”

Todo indica que los mapas de la Antártida están redibujándose. Y que van a seguir cambiando.

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